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The Believer's Two Natures
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Extracto:
Lo que Dios establece y nuestras experiencias
Muchos creyentes pasan por grandes angustias porque continuamente están escudriñando sus propios corazones, pensando encontrar en él la evidencia de su conversión a Dios. Se puede que tal persona diga:
“Mi problema no es ése; no dudo, ni por un solo instante, que el creyente posea actualmente la vida eterna; pero comparando mi experiencia diaria con otras verdades muy claras de la Palabra de Dios, dudo mucho de que yo haya nacido de nuevo. En la primera epístola de Juan, por ejemplo, hay tres hechos absolutos que caracterizan al que es “nacido de Dios”, y por más que me esfuerce, no logro cumplir ni con uno solo:
1. “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado… y no puede pecar” (1 Juan 3:9).
2. “Lo que es nacido de Dios vence al mundo” (1 Juan 5:4).
3. “El maligno no le toca” (1 Juan 5:18).
Estos pasajes a menudo me dejan perplejo, y hasta me alarman en vista de mis propias experiencias. Pues me veo obligado a confesar que:
• Sí, puedo pecar, y de hecho, cometo pecados.
• En lugar de vencer al mundo, él constantemente me vence a mí.
• El enemigo sí que me toca, pues me derrota sin cesar”.
Realmente, lo que le sucede no me sorprende. Pero con el fin de animarle, permítame decirle que los que están “muertos en sus pecados” jamás sienten semejante conflicto. Sólo los convertidos anhelan responder a los pensamientos y a los deseos de Dios. El inconverso no quiere “el conocimiento de sus caminos” (Job 21:14). Porque “no hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18).
Volvamos a nuestro tema. Usted acaba de mencionar una imposibilidad: “El que es nacido de Dios… no puede pecar”. Añadiremos un segundo ejemplo: “Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no está sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7-8 V. M.). Fíjese bien en estas importantes oposiciones:
• El que está “en la carne” (o, es “nacido de la carne”) – “no puede agradar a Dios”
• El que es “nacido de Dios” – “no puede pecar”.
Nótese que en la Escritura la palabra carne tiene dos significados:
1. Se usa para hablar del cuerpo físico: “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Pablo, escribiendo a los Colosenses, dice: “Y para cuantos no han visto mi rostro en la carne” (Colosenses 2:1, V. M.)
2. También se usa para hablar de la naturaleza mala y caída de todos los descendientes de Adán, la naturaleza envenenada por el pecado que en ella mora. Esta “carne” es fuente de todas las malas acciones que comete el hombre. “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu…” (Gálatas 5:17).
Una ilustración doméstica
La siguiente historia nos podrá servir de ilustración: Una campesina que deseaba tener patitos, puso a una gallina a empollar huevos de pata; después de una semana se dio cuenta de que un enemigo de la clueca había destruido la mayor parte de los huevos. Entonces decidió reemplazarlos por huevos de gallina.
Cuando los polluelos salieron del cascarón, la gallina fue madre de dos especies muy distintas de seres (pollos y patos). Al comienzo no se inquietó mucho; pero un día vio, muy espantada, cómo los patitos iban y se echaban en un estanque. Estaban tan contentos con su primera excursión por el agua que todos los cloqueos y apremiantes llamados de la madre resultaron inútiles para hacerlos salir. Los pollos, por el contrario, no mostraron el menor deseo de aventurarse en este elemento. Habrían sido muy desgraciados si se les hubiera obligado.
En este ejemplo encontramos dos naturalezas muy distintas, con gustos e instintos enteramente diferentes. El polluelo que salió del huevo de pata tenía la naturaleza de la pata; y el que salió del huevo de gallina, la naturaleza de la gallina, aunque los dos fueron empollados en el mismo nido. Así pues, todas las campesinas del mundo, aunque fuesen apoyadas por los científicos, jamás lograrán cambiar la naturaleza de un pato por la de un pollo. El pato seguirá siendo pato, y el pollo, pollo.
Pues bien, las dos naturalezas en el cristiano son mil veces más distintas. Esto se debe a la diferencia de su origen. Una viene del hombre, este hombre perdido, culpable, caído; la otra viene de Dios, caracterizado por la santidad de su naturaleza sin pecado. Una es humana y contaminada, la otra es divina y, por consiguiente, imposible de manchar. Así que todo mal pensamiento o acción impura de un creyente proviene de la vieja naturaleza. En cambio, todo buen deseo, toda acción aprobada por Dios se origina en la nueva naturaleza.
Ciertamente usted recuerda el día en que tuvo el deseo de retirarse a solas en su habitación para orar. Este deseo provenía de la nueva naturaleza. No obstante, al estar de rodillas quizás entró en su mente algún pensamiento malo, distraído. Éste provenía de la vieja naturaleza.