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Extracto:
En el tercer capítulo de la segunda epístola a los Corintios, el apóstol Pablo nos presenta a Cristo ante nuestras almas en tres distintas maneras.
Primero, Cristo es presentado como escrito en los corazones de los creyentes que formaban la asamblea en Corinto (versículo 3).
Segundo, Cristo es presentado como manifestado a “todos los hombres” por esta asamblea (versículos 2-3).
Y tercero, Cristo es presentado como una Persona Viviente en la gloria —siendo Él el Objeto delante de estos creyentes (versículo 18).
Siendo esto así, nos presenta ante nosotros la intención de Dios que, durante la ausencia de Cristo en este mundo, existirán reuniones de creyentes en la tierra, los cuales tendrán a Cristo escrito en sus corazones, será Cristo manifestado en sus vidas, y tendrán ante ellos a Cristo como su Objeto en la gloria.
Mientras leemos las conmovedoras últimas instrucciones del Señor a Sus discípulos, y mientras escuchamos reverentemente la oración del Señor al Padre, somos conscientes que lo fundamental de ambos de los discursos y la oración es que mantengamos siempre la gran verdad que los creyentes somos dejados en este mundo para representar a Cristo —el Hombre que ha ido a la gloria—. Es la intención de Dios que, aunque personalmente Cristo ya no está aquí en el mundo, sin embargo, Cristo puede ser visto moralmente en Su pueblo. Además de esto, es bien manifiesto que todas las epístolas nos constriñen e insisten que nuestro privilegio y responsabilidad como creyentes es presentar el carácter de Cristo a un mundo que Le rechazó y Le echó fuera de sí.
En las cartas a las siete iglesias en Apocalipsis, se nos permite contemplar al Señor andando en medio de las iglesias, tomando nota de su condición, y dándonos Su juicio en qué han respondido positivamente, y en lo que han fracasado y fallado, y caído en su responsabilidad. En consecuencia, aprendemos que la gran masa de aquellos que profesan Su nombre, no solamente han fracasado totalmente en representar Su carácter delante del mundo, sino que han venido a ser rematadamente corruptos e indiferentes al Señor, y que al final, ellos serán vomitados de Su boca, y así por último serán rechazados. No obstante, también aprendemos que en medio de esta vasta profesión habrá, hasta el fin de la historia de la iglesia en la tierra, algunos quienes, a pesar de que tienen poca fuerza, responderán a Su mente, presentando algo de la belleza y hermosura del carácter del Señor.
Viendo, pues, que todavía es posible, aun en un tiempo de ruina, poder expresar algo del carácter de Cristo, seguramente que cada uno que ama al Señor querrá decir, “Yo deseo responder a la mente del Señor y ser del número de quienes, en alguna pequeña medida, manifiestan algo de los hermosos rasgos de Cristo en este mundo alrededor”.
Es verdad que también es posible que en el mundo se pueda tener una cierta estimación de Cristo, por medio de la Palabra de Dios. Pero aparte de la Palabra —la cual pueden poner en cuestión, o que no la entiendan a pesar de que la lean— la intención de Dios es que las vidas de Su pueblo en esta tierra, venga a ser una manifestación de Cristo “conocida y leída por todos los hombres” (versículo 2).
Siendo esto así, se alza una escrutadora pregunta para todos nosotros, y es esta: “Si los hombres de este mundo tienen que formarse su impresión de Cristo por medio de las reuniones de Su pueblo, ¿qué conclusión van a sacar de Cristo, al considerar nuestras vidas individuales, como la colectiva vida del pueblo de Dios?”. Recordemos las escrutadoras palabras del Señor, diciendo: “En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Apliquemos esto como piedra de toque a la reunión con la cual estamos conectados, y no tendremos que agachar la cabeza con la vergüenza, recordando ocasiones cuando la envidia, maldición, y calumnias eran más evidentes que la mansedumbre y gentileza de Cristo. Recordemos que cualesquiera que sean las circunstancias —aunque tengamos que afrontar reproches e insultos— nuestra respuesta a ello debe ser siempre manifestar el carácter de Cristo. Alguien ha dicho: “Es mejor perder tu capa que perder el carácter de Cristo”.
Si queremos pues responder a la mente de Cristo y manifestar Su carácter ante el mundo, haremos bien en atender la enseñanza del apóstol Pablo en esta porción de la Palabra.
La epístola de Cristo
Así pues, permítasenos notar primeramente que el apóstol habla de estos creyentes como “la epístola de Cristo”. No dice “epístolas”, sino la “epístola”, por lo que él no está pensando simplemente en lo que es verdadero en los individuos, sino en toda la compañía, aunque obviamente, la compañía se compone de individuos.
Permítasenos también notar que el apóstol no dice, “Vosotros debierais ser carta de Cristo”, sino que dice: “Sois carta de Cristo”. Si abrigamos erróneamente el pensamiento que debemos ser epístolas de Cristo, vamos a tratar de ser tales por nuestros propios esfuerzos. Esto no solamente nos conduciría a una ocupación legalista en nosotros mismos, sino que excluiría la obra del “Espíritu del Dios vivo” en nosotros. La realidad es que venimos a ser epístolas de Cristo, no por nuestros propios esfuerzos, sino por el Espíritu de Dios escribiendo a Cristo en nuestros corazones.
Un cristiano es aquel para quien Cristo le es precioso por la obra del Espíritu, en su corazón. No es simplemente un conocimiento de Cristo en la mente, lo cual un inconverso puede tener, lo que convierte a un hombre en un cristiano, sino el tener a Cristo escrito en el corazón. Como pecadores, descubrimos nuestra necesidad de Cristo, al sentirnos cargados con nuestros pecados; y sentimos un gran alivio cuando descubrimos que Cristo, por medio de Su obra propiciatoria, ha muerto por nuestros pecados y que Dios ha manifestado Su aceptación de esta obra —Dios ha quedado satisfecho en Su justicia— por haber sentado a Cristo a Su diestra en la gloria. Entonces descansamos en la satisfacción de Dios en Cristo y en Su obra, y manifestamos nuestros afectos a Aquel por el cual hemos sido tan grandemente bendecidos. “Para vosotros, pues, los que creéis, Él es precioso”. Es de esta manera que Cristo es escrito en nuestros corazones, y que venimos a ser la epístola de Cristo. Por tanto, si no somos la epístola de Cristo, no somos de hecho cristianos.