¿Has escuchado que las personas conversan acerca de la corrupción? Generalmente hablan sobre cómo violan los principios morales quienes ocupan importantes posiciones en la sociedad. Y al escucharles uno pensaría que cada político, banquero, reportero o juez es corrupto. Recién escuché a alguien decir que todo saldría bien si él o alguna persona honesta como él fuesen elegidos para gobernar con poder absoluto. Pero ¿tienen razón estas personas cuando hablan así? ¿Acaso somos una mezcla de corruptos y buenos?... Veamos lo que dicen las Escrituras.
“Porque no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22-23). Estas son palabras inesperadas e impresionantes, pues van contra la sabiduría humana y aquellas conclusiones que muchos de nosotros hemos sacado al observar a la humanidad. Tal vez una ilustración nos ayudará para entenderlo mejor. Digamos que quiero una naranja, así que busco un naranjo pero hallo un manzano. Al mirar el árbol me acerco y empiezo a buscar una naranja; pero solo veo unas manzanas muy grandes y otras más pequeñas. ¿Cuál de ellas va a satisfacer mi antojo por la naranja? Obviamente ninguna porque no he hallado el fruto adecuado. Ese es el problema con el ser humano, pues hay algunos que a nuestro parecer son más malos o corruptos que otros; pero como Dios mira el corazón dice que ni siquiera uno es aceptable ante sus ojos, ya que ninguno ha alcanzado su estándar: el Señor Jesucristo. Ninguno se asemeja en su naturaleza al Hombre Perfecto y divino.
Dios al considerar todas las clasificaciones hechas por el ser humano ha llegado a la misma conclusión: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). En los versículos señalados al inicio Dios considera a paganos, filósofos, cultos y religiosos, a cada uno. Al examinarles llega a la misma conclusión: todos son corruptos en cada elemento de su ser. Los paganos tienen esta descripción: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). Todos hemos tenido en nosotros mismos un testimonio respecto a Dios y lo que Él quiere de Sus criaturas, pero no hemos obedecido. Estas personas siguen haciendo lo que les da la gana y Dios menciona una lista de sus pecados en los últimos versículos de Romanos 1, la cual parece información de un diario actual.
Romanos 2:1 sigue con otra clase de personas: los moralistas, filósofos y cultos, respecto a los cuales leemos: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo”. Esta clase de personas pueden identificar los excesos de los demás y criticarlos; sin embargo ellos hacen lo mismo de una manera diferente. ¿Puedes imaginarte a un periodista escribiendo sobre los banqueros corruptos con su software pirata?
Los religiosos con su ley y apariencia de justicia no son diferentes; pues no es suficiente saber lo que debemos hacer, sino que Dios exige que lo hagamos todo el tiempo y no acepta excusas tales como: “Todos los demás lo hacen”. En su Palabra nos dice: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?” (Romanos 2:21). ¿Quién es aceptable en su condición natural ante Dios? ¡Ninguno! Todos quedan bajo la condenación e ira de un Dios justo. Esto sería muy deprimente si no fuese por el remedio que Dios introduce en los versículos siguientes.