Número 3: Gloria moral del Señor Jesucristo, Romanos 1, El Hijo de Dios, Venida y reino de Cristo
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La gloria moral del Señor Jesucristo
J.G. Bellett
El Señor estaba dando continuamente, pero rara vez lo asentía. Hacía grandes dádivas donde encontraba muy poca comunión. Esto magnifica o ilustra Su bondad. No había, por decirlo así, nada que le atrajese, y sin embargo siempre estaba Él impartiendo. Era como el Padre en los cielos, del cual Él mismo hablaba, haciendo que Su sol saliese sobre malos y buenos, y enviando Su lluvia sobre los justos e injustos. Esto nos dice lo que Él es, para gloria suya —lo que nosotros somos, para nuestra vergüenza.
Pero Él era no solamente de esa manera, como el Padre en el cielo, el reflejo de Él en sus obras, sino que era también en este mundo como “el Dios no conocido”, como habla San Pablo. Las tinieblas no le comprendieron; el mundo, ni por su religión ni su sabiduría, le conoció. Las ricas abundancias de Su gracia, la pureza de Su reino, el fundamento y título sobre los cuales la gloria que buscaba Él en un mundo como éste podrían descansar solamente, todas estas cosas eran extrañas a los pensamientos de los hijos de los hombres. Todo esto se ve en los equívocos morales que ellos estaban haciendo continuamente. Cuando, por ejemplo, la multitud estaba excesivamente proclamando al Rey y al reino en Su persona (en Lucas 19), los Fariseos decían: “Maestro, reprende a Tus discípulos”. No querían considerar el pensamiento de que el trono perteneciera a uno como Él. Era presunción de Él, Jesús de Nazaret como lo era Él, permitir que el gozo real le rodease. No conocían —no habían aprendido— el secreto del verdadero honor en este mundo falso y caído nuestro. No habían aprendido el misterio de “la raíz de tierra seca”, ni habían en espíritu percibido “el brazo del Señor” (Isaías 53). Era a donde su propio Espíritu conducía que se hacían descubrimientos de Él, y esos son muy dulces y variados también, en su medida.
En Marcos 1, Su ministerio, en Su gracia y poder, es usado por muchos. La gente con todas clases de enfermedades viene a Él, las congregaciones de gentes le escuchan, y reconocen la autoridad con que Él habla. Un leproso le trae su lepra, por medio de lo cual entiende que es el Dios de Israel. En diferentes grados, había entonces algún conocimiento de Él, ya fuese por quien era Él, o por lo que tenía; pero cuando entramos al capítulo 2, tenemos conocimiento de Él expresándose a sí mismo de una manera más luminosa y más rica: obtenemos muestras de la fe que le comprendió; y ésta es la cosa más profunda.
La compañía en Capernaum, que traía a su amigo paralítico a Él, le comprendió, y lo usó; lo comprendió, quiero decir, en sí mismo, en Su carácter, en los hábitos y gustos de Su mente. El mismo estilo en que hicieron por llegar a Él nos dice esto. No era un acercamiento como si sintieron reserva o duda y demasiado asombro. Era más: “No te dejaré, si no me bendices” —una cosa más bienvenida para Él, más de acuerdo a la manera en que el amor desearía que lo tomásemos—. No piden permiso, no hacen uso de ceremonia, sino que quiebran el techo de la casa, para poder alcanzarle; todo esto nos dice que le conocían tanto como hacían uso de Él; sabían que se deleitaba en que confiasen en Su gracia y que usasen Su poder para sus necesidades sin reserva. Así es que Leví, un poco después en el mismo capítulo, hace una fiesta y sienta a los publicanos y a otros en ella, en compañía de Jesús. Y esto, de la misma manera, nos dice que Leví le conocía. Él sabía a quién había invitado, así como Pablo nos dice en quién había creído.
¡Este conocimiento del Señor es verdaderamente bendito! ¡Es divino! La carne y sangre no lo dan, Sus parientes no lo tenían. Decían de Él, cuando se estaba gastando a sí mismo en el servicio, “Está fuera de sí”. Pero la fe hace grandes descubrimientos de Él, y obra de acuerdo con esos descubrimientos. Parecerá a veces llevarnos más allá de los límites, más allá de las cosas que son ordenadas y bien medidas; pero en los cálculos de Dios, nunca. La multitud le dice a Bartimeo que cese de gritar, pero él no cesa; porque él conoce a Jesús como Leví le conoce (Marcos 10:46-52).
Romanos 1:10-16
C. Stanley
Pablo deseaba mucho ver a los santos en Roma, pero hasta entonces había sido impedido. Aquí vemos una prueba de la sabiduría y de la presciencia de Dios. Si Pablo o Pedro hubieran fundado la asamblea en Roma, ¡Qué poderoso argumento hubiera sido esto para la pretendida sucesión apostólica! No hay evidencia alguna acerca de a quién usó el Espíritu Santo en la formación de esa importante asamblea, ninguna evidencia de que algún apóstol hubiese estado allí en este tiempo, aunque la fe de esta asamblea, o más bien de todos los llamados santos, era bien conocida y se hablaba así de ella. También es sorprendente que no se les dirige como la iglesia en Roma, como en otras epístolas.
Pablo deseaba tener un compañerismo mutuo con ellos, y de llevar algún fruto entre ellos, ya fuese en la conversión de las almas, o en la impartición de algún don espiritual hacia aquellos que ya habían sido traídos a Cristo. Teniendo un tesoro tan grande encomendado a él como el evangelio, se sentía a sí mismo como un deudor de impartirlo a todos, tanto judíos como gentiles. Podía decir: “Así que, cuanto a mí, presto estoy a anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma”. ¡Qué presteza tan completa, sin embargo la dependencia más real de Dios solamente! Si hubiera sido él el siervo de los hombres, hubiese necesitado un llamamiento de ellos para predicar en Roma, o tener un nombramiento humano de alguna clase: pero no hay tal pensamiento en él. ¿Por qué no debiera de ser así ahora? Si tuviéramos más energía divina, así sería. Pablo podía decir: “Estoy listo”. Sí, sí, el mundo tras sus espaldas: “Estoy presto tan pronto como mi Dios me abra el camino”. Oh, ¿dónde están los sucesores de Pablo? Quiera Dios despertarnos al considerar el camino de este devoto siervo de Dios.
Ahora empezamos a acercarnos a la pregunta de lo que es el evangelio. “Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud, a todo aquel que cree; al Judío primeramente y también al Griego”. La razón por la cual no se avergüenza del evangelio se declara claramente. La ley ordenaba, pero no tenía ningún poder para librar del pecado; no, fue dada para que no el pecado, sino la ofensa abundase. Pero, en contraste directo, el evangelio es el poder (no del hombre, sino) de Dios para salvación. Hay un vasto significado en esto. Procuraremos hacer esto claro a nuestros lectores por medio de unas cuantas ilustraciones.
Tal vez habrán leído y oído decir mucho que menoscaba esta verdad; porque hay mucha predicación que dice que el pecador debe dejar sus pecados y abandonarlos antes de que pueda venir a Dios y obtener el perdón de los pecados y la salvación. Esto se ve muy razonable y plausible, pero vean esta ilustración. Vamos a ponernos un poco más arriba de las cataratas del Niágara. Cuán calmadamente fluye el río! Se ve tan liso como un vidrio y mientras más cerca de las cataratas, más llanamente fluye. Se ve un barco deslizarse hacia abajo en medio de la corriente. Hay dos hombres en él. Escuchan el rugir de las temibles cataratas que aumenta cada momento. Uno se da cuenta de su peligro: dentro de unos cuantos minutos el barco se volteará. El otro parece estar atontado. Ambos están indefensos, ambos van en el mismo barco apresurándose tan llanamente a completa destrucción. Ahora llámenles; hagan la prueba con el evangelio del hombre. ¡Díganles que abandonen ese barco; que dejen ese poderoso río; que vengan hacia la ribera o la costa antes de que perezcan, y que Uds. les ayudarán! Hombre, Ud. les dice que hagan lo imposible. ¿No es solamente burlarse de ellos? ¿No es cruel burlarse así de ellos? Uno, dos minutos y pronto todo pasará. Lo que se necesita es poder para salvarles.
¿No está el pecador en la corriente del tiempo apresurándose a una destrucción mucho peor? Sí, dice él, El poder del pecado me está llevando. Despierta a darse cuenta de su peligro, la muerte y el juicio a la mano. Escucha el rugir: pero ¿puede él salvarse a sí mismo? ¿Puede salir del río? Si puede, entonces no necesita un salvador. Serían buenas nuevas para ese hombre que se desliza por la corriente fatal, llamarle y asegurarle que hay Uno listo y poderoso para salvarle hasta lo último. Sí, y de esa manera Dios habla al pecador que está pereciendo indefenso y culpable, como veremos más allá: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”.
Otra ilustración. Ud. escucha el clamor repentino de ¡fuego! fuego! No ha proseguido más de unos cuantos metros cuando ve una casa en llamas. Las llamas salen por todas las ventanas en el piso de abajo. Se sabe que hay algunas personas en el cuarto piso, y están dormidas o en un sopor por el humo. Si tienen poder para escapar, no hay necesidad del escape de incendios. La escalera se ha colocado en contra de la ventana de arriba. Ahora observemos a ese intrépido y capaz bombero. ¿Qué hace él? ¿Les dice meramente a los que viven allí que salgan primero de la casa que está ardiendo y que después les salvará? ¡No! El sube por la escalera, se mete por la ventana y entra a la escena del peligro. Los saca: están salvos.
Es lo mismo en una tempestad en el mar. El barco indefenso se está deslizando rápidamente a completa destrucción, con su indefensa tripulación. ¿De qué serviría el salvavidas, si el capitán permanecía en la costa, diciendo a los hombres que estaban pereciendo que primero debía salir de esa ruina y venir a la costa, y entonces el salvavidas les salvaría? Así es el evangelio del hombre. El hombre ha de salvarse a sí mismo; y entonces Cristo le salvará. Y extraño como parece, a los hombres les gusta aceptar una necedad como ésta. Ahora el evangelio de Dios es lo contrario de esto: Él envió a su Hijo amado a buscar y a salvar lo que se había perdido. Sí perdido, así como los del barco, tan cerca de las rugientes cataratas del río. Perdidos, como los que moraban en la casa que se estaba incendiando. Perdidos, como aquellos marineros que se deslizaban en los escombros. Sí, si los hombres solamente supieran y reconocieran su condición indefensa y perdida, entonces reconocerían que ese evangelio que les insta a salvarse a sí mismos y que entonces Dios les salvará, es una tontería.
Una ilustración más. Se ha juzgado a un hombre y se encuentra ser culpable. Está bajo juicio, encerrado de una manera segura en la celda de condenación. ¿Le diría Ud. que saliera de esa celda; que dejara sus pecados y sus cadenas, y la prisión y la sentencia que ya ha sido pasada sobre él; y luego, pero no hasta entonces, sería perdonado? ¿No sería una burla cruel para un hombre en su condición? Esta es la condición verdadera del pecador, y por lo tanto, “No me avergüenzo del evangelio, porque es potencia de Dios para salud a todo aquel que cree”.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios).
El Hijo de Dios como se presenta en la primera epístola de Juan
J.H. Smith
Juntamente con el Padre, el Hijo de Dios es la fuente de nuestra comunión cristiana (1 Juan 1:3).
La sangre del Hijo de Dios es la que nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).
El Hijo de Dios es nuestro Abogado con el Padre cuando hemos pecado (1 Juan 2:1).
Cualquiera que niega al Hijo y al Padre es el Anticristo (1 Juan 2:22).
El que niega al Hijo no tiene al Padre, no es hijo de Dios (1 Juan 2:23).
Todo aquel que confiesa al Hijo tiene al Padre, es hijo de Dios (1 Juan 2:23).
Es en el Hijo de Dios, tanto como en el Padre, que los creyentes moran (1 Juan 2:24).
El Hijo de Dios es El que deshace las obras del diablo (1 Juan 3:8).
El Hijo de Dios es El que en cuyo Nombre hemos de creer (1 Juan 3:23).
El Hijo de Dios es el Hijo unigénito de Dios, enviado en prueba de Su amor, para que vivamos por Él (1 Juan 4:9).
El Hijo de Dios fue enviado en propiciación por nuestros pecados, para mostrarnos lo que es el amor (1 Juan 4:10).
El Hijo de Dios fue enviado por el Padre como el Salvador del mundo (1 Juan 4:14).
Cualquiera que confiesa al Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios (1 Juan 4:15).
Cualquiera que cree en el Hijo de Dios vence al mundo (1 Juan 5:5).
Para el Hijo de Dios, Dios tiene un testimonio supremo (1 Juan 5:9).
Cualquiera que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio dentro de sí mismo, por el poder del Espíritu (1 Juan 5:10).
Cualquiera que no cree en el Hijo de Dios ha hecho a Dios mentiroso (1 Juan 5:10).
En el Hijo de Dios está la vida eterna que Dios ha dado a los creyentes; este es el testimonio (1 Juan 5:11).
Todo aquel que tiene al Hijo de Dios tiene vida eterna (1 Juan 5:12).
Cualquiera que no tiene al Hijo de Dios no tiene vida eterna (1 Juan 5:12).
Creyendo en el nombre del Hijo de Dios, estamos asegurados de que tenemos vida eterna (la última cláusula del versículo está traducida de una manera más exacta: “Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios”) (1 Juan 5:13, traducción J.N. Darby).
Sabemos que el Hijo de Dios que es el Revelador de Aquel que es verdadero, ha venido (1 Juan 5:20).
Estamos en Su Hijo Jesucristo, en Aquel que es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).
La venida y el reino de nuestro Señor Jesucristo: El arrebatamiento (Parte 3)
E.H. Chater
(continuado del número anterior)
Cristo, que se ha ido hacia arriba, volverá otra vez. El escéptico se reirá, el incrédulo se burlará, el escarnecedor se mofará; sin embargo, “Antes bien sea Dios verdadero, mas todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). Jesús dijo: “Vendré otra vez”, y sí vendrá; “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35). Él ciertamente satisfará el amor de su mismo corazón.
En Marcos 13:33-37 encontramos al Señor otra vez dirigiéndose a Sus discípulos, y diciéndoles cual debe ser su actitud y conducta en vista de Su regreso: “Mirad, velad y orad: porque no sabéis cuándo será el tiempo. Como el hombre que partiéndose lejos, dejó su casa, y dió facultad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo el señor de la casa vendrá; si a la tarde, o a la media noche, o al canto del gallo, o a la mañana; porque cuando viniere de repente, no os halle durmiendo. Y las cosas que a vosotros digo, a todos las digo: Velad”. (Es importante notar en conexión con esto, y con otros pasajes, que trata de una manera general del hecho del regreso del señor de la casa, y de la responsabilidad de sus siervos durante su ausencia. Más revelación en 1 Tesalonicenses 4:15-18 y 2 Corintios 5:10, etc., demuestra que antes de que manifieste su autoridad, tomará a sus santos hacia arriba y evaluará su conducta y su servicio ante Su tribunal).
Obtenemos tres cosas que se exponen aquí en cuanto a la responsabilidad de los siervos del Señor durante Su ausencia; primero, autoridad; segundo, cada hombre su obra; y tercero, velar, porque no sabemos la hora de Su regreso. Él no quiere que temamos al hombre, o que miremos al hombre para recibir la autoridad para ir al servicio para Él; sino que en Su nombre solamente, dotados, educados, adaptados y enviados por Él Mismo. Ni tampoco quiere que estemos ociosos, o chocando unos con los otros en nuestro servicio; sino que Él tiene un trabajo para cada uno, y a nosotros toca el saber cuál es y hacerlo. Ni tampoco quiere Él que estemos dormitando y durmiendo en nuestro puesto, sino que estemos enteramente despiertos a todas nuestras responsabilidades, velando al esperar el regreso de nuestro Señor.
Las vigilias ya casi han pasado, el anochecer se ha pasado, los siglos oscuros y de medianoche se han acabado, se ha escuchado el canto del gallo, y la mañana ya está aquí. Por muchos años pasados el clamor ha salido lejos y ampliamente de que el Amo de la casa viene, y miles que han olvidado la exhortación del Señor han sido despertados a velar, y ahora esperan Su regreso.
Esto fue predicho de una manera admirable por el Señor en Mateo 25, donde Él comparó al reino de los cielos a diez vírgenes, rodeadas por las circunstancias de una boda oriental. Allí Él nos presenta a aquellos que toman el lugar del pueblo del Señor durante Su ausencia, los que profesan ser cristianos saliendo a recibir a Cristo, el Esposo celestial. Cinco son llamadas prudentes, cinco fatuas. Todas tenían lámparas, pero las prudentes tenían aceite en sus vasos con sus lámparas; la posesión del aceite era lo que hacía la distinción entre las dos. Así lo es en el Cristianismo; hay aquellos que son sabios para la salvación por la fe en Cristo Jesús, y tienen el Espíritu de Dios, tan a menudo figurado por el aceite en las Escrituras, y hay aquellos que tienen la lámpara de la profesión —luz— pero no vida. Cada característico de este cuadro admirable puede trazarse fácilmente en lo que ha ocurrido, o está sucediendo, entre los que profesan Su nombre. “Y tardándose el esposo, cabecearon todas, y se durmieron. Y a la media noche fué (oído) un clamor: He aquí, el esposo (viene); salid a recibirle” (versículos 5-6). ¡Ay! no solo los que profesaban, sino los que poseían también, los prudentes tanto como los insensatos, todos cesaron de velar. Se perdió de vista el regreso del Señor, la venida del Esposo se había olvidado, y todos cabecearon y durmieron. Pero, bendito sea Su Nombre, el clamor salió: “He aquí el esposo”. Por todas partes ha habido una inquietud de espíritu, un despertamiento al hecho de que el Señor viene; un vasto ímpetu ha tomado lugar. Miles han escuchado el clamor, y con aceite en sus vasos, con sus lámparas, y sus corazones ocupados con Él, esperan Su regreso; miles más, vírgenes insensatas, están corriendo de aquí para allá a comprar aceite cuando no se puede obtener. Pronto, muy pronto, el Esposo, el Señor Mismo, vendrá; y oh, ¡momento admirable! “los que estaban apercibidos, entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta”.
Ahora, fíjese, querido lector: “los que estaban apercibidos, entraron con él”, no aquellos que se estaban preparando, ni aquellos que estaban procurando estar listos, ni aquellos que esperaban estar listos, sino “aquellos que estaban listos” entraron con Él, precioso, precioso Jesús, y se cerró la puerta, se cerró bien, se cerró fuerte, y se cerró para siempre a todos los cristianos que profesan y no los son. Cristianos, velad, por tanto; ¡porque no sabéis ni el día ni la hora!
Otra escritura en Lucas 12:35-37 nos trae de una manera muy preciosa la actitud y la conducta que deben caracterizar a aquellos que están esperando a su Señor.
“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras antorchas encendidas: y vosotros semejantes a hombres que esperan cuando su señor ha de volver de las bodas; para que cuando viniere y llamare, luego le abran. Bienaventurados aquellos siervos, a los cuales cuando el Señor viniere, hallare velando: de cierto os digo, que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y pasando les servirá”.
Otra vez habla nuestro Señor de la responsabilidad de Sus discípulos en vista de Su regreso prometido. Para los detalles de la manera de su cumplimiento tenemos que leer a otra parte.
Y dijo el Señor otra vez: “¿Quién es el mayordomo fiel y prudente, al cual el señor pondrá sobre su familia, para que a tiempo les dé su ración? Bienaventurado aquel siervo, al cual, cuando el señor viniere, hallare haciendo así. En verdad os digo, que él le pondrá sobre todos sus bienes” (versículos 42-44).
(para continuarse mediante la voluntad de Dios)
Notas misceláneas: Número 3
Extracto: Tener mi corazón abierto en cualquier parte a menos que no sea en la presencia de la gracia infinita, me sumergiría en una desesperación sin esperanza. El corazón del hombre es solamente un pequeño infierno. Entonces, ¡qué misericordia tan ilimitada es ser rescatado de sus terribles profundidades!
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Extracto: La comunión, con un pecado sin confesar sobre la conciencia, es una imposibilidad moral. Debemos conservar una conciencia limpia, si hemos de andar con Dios.
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Extracto: Dios le ha dado al creyente una vida sobre la cual el pecado no tiene dominio, la muerte no tiene reclamo y Satanás no tiene poder.
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Extracto: Cristo es nuestro título. El Espíritu Santo es nuestra capacidad. El egoísmo no tiene nada que ver con uno ni con el otro.
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Extracto: Un Cristo resucitado es la prueba eterna de una redención efectuada; y si la redención es un hecho efectuado, la paz del creyente en realidad está realizada.
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Extracto: El amor para Jesús pone uno a trabajar. Yo no sé de ningún otro modo.
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Extracto: En conexión con su trabajo ... busque el rostro del Señor, y apóyese en Él. El trabajo es un favor que nos es concedido. Consérvese muy pacífico y feliz en el sentimiento de la gracia; luego vaya y derrame esa paz a las almas. Este es un servicio verdadero, del cual uno vuelve muy fatigado, quizás del cuerpo, pero sostenido y feliz; uno descansa bajo las alas de Dios y vuelve a hacer el servicio de nuevo, hasta que el verdadero descanso venga.