Número 14: Venida y reino de Cristo, Romanos 5, El Señor en el medio, y más …
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La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La apostasía (Parte 14)
E.H. Chater
(continuado del número anterior)
Habrá una hora terrible de tentación, no sólo para Judá, sino para todo el mundo (Apocalipsis 3:10), para probar a los que moran en la tierra. Estos últimos son de una clase especial, mencionados muchas veces en Apocalipsis, llamados varias veces en nuestra traducción, “habitantes del” o “moradores en la tierra”, una clase cuyos corazones están puestos en la tierra y cosas terrenales, a la exclusión de los reclamos de Dios.
A la hora final de esta horrible escena la cual hemos ido trazando, el sistema maligno que se ve en los capítulos 17 y 18 de Apocalipsis como una mujer, y también como una ciudad, cuyo nombre es “Misterio, Babilonia la grande, madre de rameras y de las abominaciones de la tierra”, recibe la copa del juicio de Dios. Esto representa la corrupción eclesiástica —Roma, la madre y centro, enriquecida por medio del tráfico no santo e intimidad con los poderes mundanos—. La bestia y los diez cuernos o reyes, eso es, el poder civil, después de sostenerla por un tiempo (porque se le ve a ella paseándose sobre la bestia), al fin la aborrecen y son los instrumentos en la mano de Dios para hacerle juicio (Apocalipsis 17:3,16-18). Los reyes, mercaderes, los dueños de los buques, los negociantes, los marineros lamentan su caída (Apocalipsis 18).
Al comparar Apocalipsis 17:1 Con Apocalipsis 21:9 encontramos al profeta en el primer pasaje invitado a venir y ver su juicio, y él es llevado en espíritu al desierto; en el último a venir y ver a la esposa, la esposa del Cordero, y es llevado en espíritu a una grande y alta montaña. Allí se le muestra la Jerusalem santa descendiendo del cielo de Dios, teniendo la gloria de Dios, etc.
Así también, querido lector, si has de escapar del terrible torbellino de la corrupción religiosa que nos circunda en el día actual, y que será parte de Babilonia en su última fase, debes estar en espíritu en el desierto. Separado de ella, en la presencia de Cristo, allí sólo la puedes ver en sus verdaderos colores. Y si has de entrar en los pensamientos de Dios acerca de la Iglesia, y discernir su carácter puro celestial, etc., debes en espíritu entrar donde Cristo está, y aceptar por la fe la alta y elevada posición la cual es la verdadera posición del cristiano.
Siendo quebrantado el poder malo religioso, la bestia y los reyes de la tierra y sus ejércitos se congregan unidos en contra del Señor, y Él los juzga a ellos también; la bestia, y el falso profeta con ella, siendo arrojados al lago de fuego (Apocalipsis 19:11-21). Los detalles de estos los reservaremos hasta que tratemos de Su venida en poder y gran gloria a juzgar y a reinar.
El Asirio, que ataca a Jerusalem de afuera, y la toma (Zacarías 14:2), invade con sus ejércitos la tierra de Israel, tanto como muchos otros países; y después de más explotaciones guerreras, cae él mismo finalmente cuando está para atacar la ciudad por segunda vez; pero veremos más de esto también más allá (Isaías 10:24-34; 29:1-8.)
Dos terceras partes de los judíos son cortados en esta gran tribulación; pero una tercera parte, preservada por Dios, es traída por el fuego (Zacarías 13:8-9). Algunos son martirizados por su testimonio, y por rehusar la marca de la bestia, etc., y tienen parte en la primera resurrección (Apocalipsis 20:4-6); una tercera parte da testimonio, y son traídos por medio del poder de Dios a la bendición milenaria; el resto, los judíos apóstatas e idólatras, que reciben la señal, y creen que están salvos, son cortados en su impiedad, ya sea por la terrible invasión del Asirio, que es la vara de la ira de Dios, enviado por Él en contra de la nación hipócrita (Isaías 10:5-6) o por otros juicios terribles de Dios.
A esta temible hora se refirió el Señor cuando habló del espíritu inmundo que dijo: “Me volveré a mi casa de donde salí. Y viniendo, la halla barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, habitan allí: y lo postrero del tal hombre es peor que lo primero” (Lucas 11:24-26). Un cuadro terrible de la condición de Israel bajo el anticristo.
Pero el juicio no será limitado a la tierra, sino que irá lejos y ampliamente en el mundo. Los judíos temerosos de Dios que den testimonio por Jesús, publicando las buenas nuevas del reino entre las naciones, serán objeto especial de persecución dondequiera que se hallen. “Mirad por vosotros”, dijo el Señor, “porque os entregarán en los concilios, y en sinagogas seréis azotados: y delante de presidentes y de reyes seréis llamados por causa de mí, en testimonio a ellos” (Marcos 13:9). Los cristianos primitivos recibieron un trato parecido; pero el cumplimiento de este pasaje es futuro todavía. Tan terrible será el odio, aun en sus propias familias, que “entregará a la muerte el hermano al hermano, y el padre al hijo: y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán. Y seréis aborrecidos de todos por Mi nombre: el que perseverare hasta el fin, éste será salvo” (Marcos 13:12-13).
Así se cumplirán de la manera más especial y literal las palabras de nuestro Señor: “Los enemigos del hombre serán los de su casa”. Los hombres generalmente demostrarán su odio persistente del nombre de Cristo persiguiendo a aquellos que publican las buenas nuevas de Su reino venidero y Su gloria. Pero el que perseverare hasta el fin, esto es, hasta el fin de la hora de la tribulación, será salvo —salvado de ella para tener bendición en la tierra milenaria (Jeremías 30:7)—. “Porque aquellos días serán de aflicción, cual nunca fué desde el principio de la creación, que crió Dios, hasta este tiempo, ni será” (Marcos 13:19). “Y si el Señor no hubiese abreviado aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de los escogidos que Él escogió, abrevió aquellos días” (versículo 20). “No pasará esta generación” (o raza), dijo el Señor a Sus discípulos judíos, “que todas estas cosas no acontezcan. El cielo y la tierra pasarán, mas Mis palabras no pasarán” (Mateo 24:34-35).
¡Cuán bendito es para el cristiano saber que es rescatado de esta terrible hora! que como el Señor rescató a Lot antes de juzgar a Sodoma, y trasladó a Enoc antes de hundir al inundo con un diluvio, así sacará a Sus amados de este intervalo actual de gracia a la gloria arriba, antes de juzgar a la tierra habitable por su impiedad, barriéndola con la escoba de la destrucción.
¡Cuán falsa es la seguridad del pobre mundo, engañándose a sí mismo y engañado por Satán, de que las cosas se están mejorando! Muchos exclaman: “Paz, paz”, y no hay paz. ¡Cuán vano es pensar que la gracia de Dios para un mundo perdido le conduzca a su conversión! No; sino que la palabra del Señor ha de cumplirse todavía: “Porque luego que hay juicios Tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia” (Isaías 26:9). Pero ¡oh, cuán bendito es saber que cuando el decreto de consumación haya tenido su curso, rebosará con justicia (Isaías 10:22), y el despreciado y rechazado Nazareno, Jesús, el Hijo de Dios, tendrá Sus derechos y título en la tierra!
(Para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
Un corazón sincero para Cristo
Tal vez una de las más efectivas indicaciones de la completa consagración de Judson para Cristo, como su único objeto y tema, fue proporcionada en su país nativo cuando volvió a visitarlo en salud quebrantada después de una ausencia de treinta años.
Habiendo sido anunciado que iba a dirigirse a una asamblea en un pueblo provincial, y habiéndose congregado una vasta concurrencia de grandes distancias para oírle, se levantó al final del servicio acostumbrado, y, mientras todo ojo estaba fijo en él y todo oído atento, habló por cosa de quince minutos, con mucho sentimiento, del “precioso Salvador”, de lo que Él ha hecho por nosotros, y de lo que nosotros le debemos a Él; y se sentó, visiblemente afectado.
“La gente está muy decepcionada”, le dijo un amigo cuando iban rumbo a la casa; “se les hace raro que Ud. no hablase de alguna otro cosa”.
“¿Por qué?, ¿qué era lo que querían?” contestó él. “Les presenté lo mejor que pude el tema más interesante del mundo”.
“Pero ellos deseaban algo diferente, una historia”.
“Bueno, estoy seguro de que les di una historia, la más conmovedora que se pueda concebir”.
“Pero ya la habían escuchado antes. Deseaban algo nuevo de un hombre que acaba de venir del antípoda”.
“Entonces tengo gusto que puedan decir que un hombre que ha venido del antípoda no tuviera algo mejor que contar que la admirable historia del amor moribundo de Jesús. Mi negocio es predicar el evangelio de Cristo; y cuando pueda hablar, no me atreveré a malgastar mi comisión. Cuando vi hoy a esa gente, y recordando donde los volvería a encontrar, ¿cómo podía yo ponerme en pie y proporcionar alimento para la vana curiosidad —halagar su imaginación con historias entretenedoras, aun cuando estuviesen decentemente amarradas juntas con un hilo de religión?— Eso no es lo que Cristo quiso decir que significaba predicar el evangelio. Y luego ¿cómo podría yo después afrontar el temible cargo: “Te di una oportunidad para hablarles de MÍ; ¡la empleaste describiendo tus aventuras!”.
Romanos 5:12-17
C. Stanley
(continuado del número anterior)
Romanos 5:12: Ahora venimos a la cuestión del pecado, o a las dos cabezas de las dos familias: una de las cabezas, Adam, por el cual el pecado entró al mundo; la otra, Cristo, por el cual la gracia ha abundado sobre el pecado.
Muchas almas están grandemente perplejas que encuentran, aun cuando creen que sus pecados son perdonados, sin embargo encuentran la raíz, el pecado, en la carne. Mucha de esta confusión surge de falta de notar y hacer distinción cuidadosamente entre los pecados y el pecado, como en esta epístola. Como hemos visto, el versículo 11 cierra la cuestión de los pecados. El versículo 12 trata del tema del pecado. “De consiguiente, así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron”. Así es que hay dos pruebas del origen del mal: el pecado entró al mundo por un hombre. De la raza entera de los hombres, todos pecan y todos mueren. ¡Qué consistencia tan absoluta en la palabra de Dios, y con hechos! Y se ha encontrado que éste es el caso, ya sea que el hombre fuese puesto bajo la ley, o sin ley. Después de que el pecado entró, y el hombre cayó, pues, “Porque hasta la ley, el pecado estaba en el mundo; pero no se imputa pecado (o se cuenta), no habiendo ley. No obstante, reinó la muerte desde Adam hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la rebelión de Adam; el cual es figura del que había de venir” (versículos 13-14). Esto es, ellos no habían transgredido una ley dada; sin embargo allí había muerte, la prueba de que el pecado estaba allí. El pecado y la muerte entonces vinieron al mundo por su cabeza, Adam. La muerte, entonces, no es meramente la pena de una ley quebrantada; pero el pecado habiendo ya entrado, la muerte fue su resultado; o, como se expresa en la Palabra: “La paga del pecado es muerte”. Ahora, en contraste con lo que vino por el pecado de la criatura, la primera cabeza —el pecado y la muerte— Dios se agrada en revelarnos lo que ha venido para una nueva raza por el don de Su propio Hijo —justicia y vida—. Solamente que el don infinito debe abundar sobre el finito, tan temible como ha sido el resultado del pecado de esa criatura. Dios no podía, en Su favor gratuito para con nosotros, dar un don que fuera menos de lo que necesitábamos. Por lo tanto, el cuidado del Espíritu Santo para enseñarnos como el regalo de favor gratuito ha abundado sobre el pecado, la raíz de todo mal, y muerte, que vino por Adam. “Mas no como el delito, tal fué el don (el acto de favor). Porque si por el delito de aquel uno murieron los muchos, mucho más abundó la gracia de Dios a los muchos, y el don por la gracia de un hombre —Jesucristo”.
Versículo 16. “Ni tampoco de la manera que por un pecado, así también el don: porque el juicio a la verdad vino de un pecado para condenación, mas la gracia vino de muchos delitos para justificación”. En Adam vemos un pecado, y las consecuencias que han venido sobre él en juicio. Ahora vea el regalo gratis. Ve a Cristo nuestro substituto: todas nuestras iniquidades han sido cargadas en Él, y esto para el único propósito, que nosotros por fe seamos justificados de todas ellas. Y mucho más que esto, no sólo justificados de todas nuestras iniquidades por Su sangre, pero Él, habiendo muerto por nuestros delitos, ha sido resucitado para nuestra justificación.
Vamos a fijarnos otra vez en este gran hecho —la resurrección de Jesús de entre los muertos— y éste con el expreso propósito de nuestra justificación —para nuestra completa, abundante justificación—. Cuando Jesús fue levantado de entre los muertos, tomó a Sí mismo esa vida santa que Él tenía, y era. Él podía asumirla en perfecta justicia, habiendo glorificado a Dios; y habiendo redimido “a los muchos” en acuerdo a esa gloria, Él podía ahora comunicarles a ellos, a nosotros, esa misma y eterna vida, una vida justificada, en justicia, invariable, perdurable para siempre. Va a ser muy bendito si nuestras almas comprenden esta reinante y perdurable justificación de VIDA, aunque admitiendo que nuestra vida, como hijos de Adam, se había perdido.
Versículo 17. “Porque si por un delito reinó la muerte por uno; mucho más reinarán en vida por un Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia, y del don de la justicia”. Este es el fin del paréntesis del versículo 13. ¿Puede alguno negar que la muerte reina sobre la raza de Adam por el pecado? ¿Dónde está el médico que puede detener el reino de la muerte? Y Jesús dice de Sus muchas, “Yo les doy vida eterna; y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano”. La muerte positivamente no tiene ningún reclamo en aquellos que han recibido la abundancia de gracia, y de la dadiva de justicia. Ellos reinan en vida por Uno —Jesucristo—. Nada puede detener su curso; nadie los arrebatará de Su mano.
(para continuarse, Dios mediante)
El Señor Jesucristo en medio
E. Dennett
Mi Querido——:
Es muy importante que Ud. tenga un concepto claro de la presencia del Señor en medio de la asamblea; pero la condición sobre la cual Su presencia es prometida nunca debe olvidarse. Él nunca ha dicho que está dondequiera que los santos se congreguen; que todos aquéllos de la misma manera que profesan reunirse para adorar puedan contar con Su promesa. Sus palabras son: “Dónde dos o tres están congregados en Mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mateo 18:20). Así es que la condición esencial es que los santos deben congregarse en Su nombre; y a menos que esto se cumpla la promesa claramente no es obligatoria.
Nuestra primera meta entonces debe ser explicar lo que esta condición significa. Podré decir que la traducción más correcta será “a Mi nombre”; porque la preposición que es traducida “en” es una que invariablemente tiene el significado de “a”. Por lo tanto aquí “a” será su significado. Además, será necesario señalar que el nombre no se usa meramente como un título, sino, como se acostumbra en la Escritura, es expresivo de todo lo que Cristo es en esta conexión. Por lo tanto, cuando el Señor, hablando delante del Padre de Sus discípulos, dice: “Les he manifestado Tu nombre y manifestarélo aún” (Juan 17:26), no quiere decir que Él les había meramente revelado a ellos que Dios también había llevado el nombre de Padre, sino que les había estado enseñando todo lo que Dios era para ellos en esa relación. Por lo tanto agrega, que Él había hecho y haría esto: “para que el amor con que Me has amado, esté en ellos, y Yo en ellos”. Lo que Él deseaba era que no solamente supiesen lo que Dios era para ellos como el Padre, sino que ellos fuesen traídos al gozo de todo el amor que Él les tenía como tales. De la misma manera, “nombre” en el pasaje ante nosotros expresa todo lo que Cristo es como el hombre glorificado y Señor en la relación que Él ahora mantiene hacia Su pueblo. Digo “que Él ahora mantiene”; porque es muy evidente que estas palabras miran hacia el tiempo cuando Él estaría ausente. Por lo tanto en Mateo 16, dice “Edificaré Mí iglesia” (versículo 18) señalando a un tiempo futuro; y el pasaje en que la palabra “nombre” ocurre está en conexión con la acción de la Iglesia (Mateo 18:17). En verdad, cuando Él estaba sobre el mundo los discípulos no podían congregarse a Su nombre; porque estaban con Él como su Maestro y Señor.
Entonces podemos tomar el “nombre” como siendo expresivo de la persona de Cristo Mismo, en verdad, en toda la verdad de Su persona, como el resucitado y glorificado a la diestra de Dios. Por lo tanto, es muy claro que Cristo es el único objeto que nos hace juntarnos y nuestro centro cuando nos reunimos; porque el Espíritu Santo nunca reunirá a los creyentes a ninguna otra cosa sino a Cristo. Si alguna cosa es agregada —ya sea una doctrina particular, o una forma particular de gobierno de iglesia— no es sencillamente el nombre de Cristo, y la junta no es de acuerdo con Su mente. Si, por ejemplo, yo consintiera con otros creyentes de ideas semejantes, no podríamos congregarnos solamente al nombre de Cristo, porque algo se ha agregado o excluido, pero si me congrego con aquellos que reconocen que Cristo Mismo es la única atracción, con aquellos que reconocen Su autoridad como Señor, que se inclinan a Su palabra y arreglan todo por medio de ella cuando se congregan, entonces la reunión sería a Su nombre. Y solamente entonces; porque cuando la autoridad, las tradiciones o las reglas del hombre son reconocidas, no le hace cual sea la piedad individual de aquellos que las reconocen, la reunión no puede ser de este carácter.
Es en medio de Su pueblo que se congrega de esa manera donde el Señor ha prometido estar. “Allí estoy Yo en medio de ellos”. Este mismo hecho demuestra la extremada importancia de ser reunidos a Su nombre; porque, como hemos dicho, si la condición no ha de considerarse, no tenemos ninguna causa para contar con Su presencia. Ni tampoco es suficiente decir que cumplimos la condición. El punto esencial es: ¿La reconoce el Señor como cumplida? Él es el Juez; y por lo tanto sería una presunción en verdad esperar tenerle en nuestro medio si nos reunimos de acuerdo con nuestros propios pensamientos —sin respeto a Su palabra—. Pero “donde están dos o tres congregados en Mi nombre, allí estoy en medio de ellos”.
Sabemos, por lo tanto, que Él está en medio de los tales por la autoridad de Su misma palabra. No sólo eso; sino, como para encontrarnos en nuestra debilidad, Él nos ha dado una muestra de la manera en que Él viene a estar en medio de los Suyos. Por tanto en la noche de ese primer día de la semana, cuando se levantó Él de los muertos, los discípulos estaban congregados juntamente (Juan 20:19). Había mandado a María a Sus “hermanos” con este mensaje: “Subo a Mi Padre y a vuestro Padre, y a Mi Dios y a vuestro Dios” (versículo 17). Según el Salmo 22, Él de esta manera declaró el nombre de Dios a Sus hermanos, y al hacerlo así reveló que Él los trajo por Su muerte y Su resurrección a Su mismo lugar delante de Dios. De ahí en adelante Su Dios y Padre era el Dios y Padre de ellos. Estaban ellos asociados de esa manera con Él sobre la base de la resurrección en estos parentescos. Este mensaje los congrega a ellos en Su Nombre; y cuando estaban reunidos así, “vino y púsose en medio y díjoles: Paz a vosotros”. De esa manera Él nos ha dado un ejemplo de la manera en que Él viene en medio de Su pueblo, para que podamos tener la certidumbre de Su palabra verificada a nuestras almas.
Si alguno, por lo tanto, estuviese tentado a decir: ¿Es posible que el Señor pueda estar en medio de Su pueblo cuando se congreguen ahora en Su nombre? la duda se anticipa por este récord notable de Su presencia en medio de Sus discípulos en el primer día de la semana. Afronta, en verdad, una dificultad más grande y un peligro más sutil. Uno podrá inclinarse en incredulidad a aducir: Si ahora pudiéramos ver al Señor con nuestros ojos como ellos, entonces lo podríamos recibir. El Señor conocía la debilidad y la sutileza de nuestros pobres y débiles corazones, y así en Su amor tierno ha provisto para esta red. Uno de los discípulos, Tomas, “no estaba con ellos cuando Jesús vino. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Y él les dijo: Si no viere en Sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en Su costado, no creeré” (versículo 25). Y ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás, y, como en la ocasión anterior, “vino Jesús, las puertas cerradas, y púsose en medio, y dijo: Paz a vosotros. Luego dice a Tomás” (porque Él había oído cada palabra que Tomás había dicho) “Mete tu dedo aquí, y ve Mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en Mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel”. Tomás anonadado por Su gracia tierna, y el sentimiento de su propio pecado, solamente podía exclamar: “Señor mío, y Dios mío”. Al instante “dícele Jesús: Porque Me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron” (versículos 24-29). Así el Señor tenía en vista a aquellos (sin entrar ahora a la aplicación de esta escena en la conversión del remanente judío, cuando más allá vean a Aquél al cual han traspasado) quienes habían de creer por la palabras de Sus discípulos, y pronuncia su mayor bienaventuranza. Y esta bienaventuranza es nuestra también; porque aunque no le veamos, creemos que, de acuerdo con Su misma palabra, Él está en nuestro medio cuando nos reunimos en Su nombre.
Además debe recordarse que es Él Mismo quien está en nuestro medio —no “en espíritu” como a menudo se dice, sino Él Mismo; porque las palabras son: “Allí estoy Yo”, y el término “Yo” expresa todo lo que Él es. Cristo entonces —no el Espíritu Santo, sino Cristo— está en medio de Sus santos congregados. El Espíritu Santo obra por medio de los miembros individuales del cuerpo de Cristo, ministrando para la edificación de los santos por medio del que Él quiere, y mora en la casa de Dios; pero es Cristo, repito, quien viene a nuestro medio. Su presencia es únicamente comprendida por el Espíritu; eso es otra cosa. Pero Él está en nuestro medio, ya sea que se perciba o no, donde dos o tres están reunidos a Su nombre. ¡Cuán admirable es Su condescendencia y Su gracia!
Nunca olvidemos, por lo tanto, que es alrededor del Señor Mismo de quien estamos congregados. Si hay solamente dos —porque Sus palabras son: “Donde dos o tres están congregados en Mi nombre”— allí está Él en medio de ellos. Tan pronto como dos se reúnan así, pueden regocijarse en el conocimiento de que el Señor está allí. Nuestra fe podrá ser débil y nuestro entendimiento flaco, pero el hecho de Su presencia permanece; porque no depende de nuestros sentimientos o experiencias, sino enteramente de que estemos reunidos a Su nombre. ¿Cómo podemos dejar de reunirnos juntamente, como es la costumbre de algunos (Hebreos 10:25), si recordamos que el Señor es el centro de la asamblea; que Él está tan verdaderamente en medio de nosotros como con los discípulos en ese primer día de resurrección? Porque ¿para qué estuvo Tomás ausente en esa primera ocasión? Porque él no creyó en la resurrección de su Señor, y por lo tanto no esperaba Su presencia. Así ahora, si algunos se ausentan ellos mismos (no hablo de aquéllos a quienes el Señor detiene por la aflicción, el deber, u otras circunstancias) de la asamblea, puede ser solamente porque realmente no creen en el hecho de la presencia del Señor en medio de ellos. Y cuando se congreguen, qué reverencia, qué afecto, qué adoración nacería en nuestros corazones, si por el poder del Espíritu de Dios percibiésemos más cabalmente que Él que descendió a la muerte bajo nuestros pecados, y por medio de ello nos ha redimido para Dios por Su sangre, ha vuelto de la muerte, y ahora, como el resucitado y glorificado, se deleita en venir y dirigir la alabanza de Su pueblo en medio de la congregación (Salmo 22:22).
Orando para que el Señor le conduzca al poder de esta verdad.
Créamelo, querido——,
Suyo afectuosamente en Cristo, E. Dennett.
"Escogido … a ser soldado"
“Ninguno que milita se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4).
“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, (porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas)” (2 Corintios 10:3-4).
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra milicias espirituales en loa aires. Por tanto, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y estar firmes, habiendo acabado todo” (Efesios 6:12-13).
“Pues que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también estad armados del mismo pensamiento” (1 Pedro 4:1).
“Pues tú, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús ... Tú pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:1,3).
Un nombre cambiado por Dios
¿Qué no es un caso de un nombre cambiado registrado en la palabra de Dios muy interesante? “Y quedóse Jacob solo, y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y como vió que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y descoyuntóse el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame que raye el alba. Y él dijo: No te dejaré si no me bendices. Y él le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y él le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has peleado con Dios y con los hombres y has vencido. Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame tu nombre. Y él respondió: ¿Por qué preguntas por mi nombre? Y bendíjole allí. Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel: porque vi a Dios cara a cara, y fué librada mi alma. Y salióle el sol pasado que hubo a Peniel, y cojeaba de su anca” (Génesis 32:24-31).
“¿Cuál es tu nombre?” “Oh, es Jacob. Sí, yo soy ese maquinador ‘suplantador’, yo soy el que negocié con la primogenitura de mi hermano cuando él estaba desmayando; yo soy el hijo que engañé a mi padre y robé su bendición; yo soy el sobrino que maquiné en el empleo de mi tío Labán hasta que llegué a ser más rico que él en posesiones materiales, aunque comencé con nada; yo soy el hombre con quien él se pudiera haber portado de una manera severa recientemente, si tú no le hubieras detenido: ¡Sí! Soy un pobre pecador manchado y sin defensa”.
Bueno, ¡qué retrato tenemos aquí de nosotros mismos! y hasta que Dios nos trae a este punto, donde confesamos lo que somos, nada más que “pecadores”, Él no nos podrá bendecir. Pero tan pronto como Jacob confesó lo que era, Dios, (cuya prerrogativa es cambiar nombres; véase Dios manifestado en la carne haciéndolo en Juan 1:42) le dio un nombre nuevo, Israel, ¡un príncipe de Dios ! ¡Qué maravilloso! ¡Cuando un pobre pecador, su fuerza quebrantada, reconoce su identidad, entonces Dios lo bendice! ¡y le considera un príncipe de Dios!
A otros que están leyendo esto preguntaríamos: ¿está Dios tratando con Ud.? Está Ud. miserable peleando en contra de la convicción, resistiendo en su noche de obscuridad como Jacob? ¿O le ha quebrantado ya? ¡Oh qué bueno si nosotros hemos sido quebrantados! “Al corazón contrito y humillado no despreciarás Tú, oh Dios” (Salmo 51:17). ¡Entonces oiga! Dios quiere que Ud. reconozca a Su Hijo Jesucristo como su Señor. ¿Entonces qué sucederá? “Mas a todos los que le recibieron dióles potestad (o el privilegio, el derecho) de ser hijos de Dios, a los que creen en Su nombre; los cuales no son engendrados de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios” (Juan 1:12-13). Cada uno que “le recibe”, es decir, que le confiesa con todo su corazón como su Señor, es nacido a la familia de Dios, y verdaderamente es un “príncipe de Dios”.
Ahora ya no vamos a ejercitar nuestra fuerza natural y habilidad para nuestros propios fines. ¡No! ¡No! Pero ahora, en la luz de ese sol glorioso que ha amanecido sobre nosotros (“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”; 2 Corintios 4:6) conocer este amor sobreabundante y hacer la buena, perfecta y aceptable voluntad de Jesús nuestro Señor en la fuerza que Él solo puede dar (en cuanto a nuestro cojear del muslo).
Notas misceláneas: Número 14
Extracto: No puedes flotar por la corriente del mundo que va al océano del juicio. Debes estar esperándolo a Él.
*****
La noche se pasa
La noche se pasa,
Las sombras se van;
La “Estrella del Alba”
No puede tardar;
El día aguardamos
Con férvido afán,
Por ver Su llegada
Bueno es madrugar.
El mundo aun duerme,
No siente ni ve;
Dispuesto en la sombra
De noche a quedar.
Mas si él “la venida
Gloriosa” no cree,
Al hijo del día
Bueno es madrugar.
¡Qué suerte dichosa
Por tal porvenir;
En luz refulgente
Su faz contemplad
¡Oh, qué dignidad
Su semblanza adquirir!
¡Conviene por tal
Bendición madrugar!
Momento dichoso,
Jesús, para Ti,
Tu Esposa querida
A la gloria llevar;
Y su salvación
Consumando así—
¡Qué gran desenlace!
¡Bueno es madrugar!
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Extracto: Los santos fueron convertidos para esperar al Hijo de Dios del cielo, y cuando perdieron ese objetivo, toda la maldad entró ... Si tú estuvieras esperándole constantemente, ¿no te cambiaría?
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Extracto: Para un corazón verdaderamente obediente la pregunta no es: “¿Qué es lo que estoy haciendo? o ¿a dónde voy?”. Es sencillamente: “¿Estoy haciendo la voluntad de mi Señor?”.
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Extracto: ¿No hay algo maravilloso en una criatura arruinada que pueda decir, “Mi Dios”? Yo no lo hubiera dicho si Cristo no hubiera venido. Sí, yo, una criatura arruinada, soy traído a Cristo, más cerca de Dios que Adam en inocencia. ¿Y cómo estamos usted y yo andando en este lugar? ¿Está usted, le pregunto, andando como una persona que tiene su manantial en Dios, una persona que es templo del Espíritu Santo, y es hijo del Padre, andando como el que no vive par sí mismo?
¡Qué hermoso cuando, sin manifestación aparente, un corazón se vuelve a Cristo para todo! En la mañana diciendo: “Me tengo que levantar, pero lo voy a hacer Contigo: si como o bebo lo voy a hacer para Cristo”. Es una vida invisible, ¿pero tiene usted como la guía de todo lo que hace, como Pablo: “para mí el vivir es Cristo”? ¿Le gustaría que Cristo supiera su vida secreta y privada?