Número 11: Venida y reino de Cristo (la semana 70 de Daniel), Romanos 4, El Cuerpo de Cristo, La oración intercesora y Cantares de Salomón
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La venida y reino de nuestro Señor Jesucristo: La apostasía (Parte 11)
E. H. Chater
(continuado del número anterior)
En Daniel 9:24 encontramos “Setenta semanas” (esto es, semanas de años, 490 años) “están determinadas sobre tu pueblo” (los judíos), “y sobre tu santa ciudad” (Jerusalem), “para acabar la prevaricación... y para traer la justicia de los siglos”, etc.
Este período en los versículos siguientes está dividido en tres: siete semanas, sesenta y dos, y una. Durante las siete, la calle y el muro de Jerusalem iban a ser reconstruidos, lo cual tomó lugar como se describe en el libro de Nehemías; luego al final de las sesenta y dos (esto es, sesenta y nueve por todas) tenemos al Mesías el Príncipe, Cristo. Él vino en medio de Su pueblo. “Y después de (las) sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por Sí”, o como lo pone el margen y más correctamente “no tendrá nada”.
Esto también sucedió: en vez de que el Mesías fuese recibido y Su reino establecido, fue cortado, crucificado, y no tenía nada aquí abajo; pero Dios le levantó de los muertos a Su propia diestra, y empezó una administración nueva. Habían ya pasado sesenta y nueve semanas. (La profecía dice: “Siete y sesenta y dos semanas”; esto es, sesenta y nueve hasta el Mesías, después de lo cual le fue quitada la vida). Faltaba una semana para cerrar la cadena.
¿Qué obtenemos en seguida? “El pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá a la ciudad y el santuario”. Esto es exactamente lo que sucedió. Los ejércitos romanos destruyeron a Jerusalem y al templo. Pero notemos cuidadosamente lo que Dios dice: “El pueblo de un príncipe que ha de venir”. El príncipe aquí mencionado es un príncipe que no ha aparecido todavía. Siendo los romanos el pueblo, resulta que el príncipe debe ser un príncipe romano. Muchos han pensado que éste es el anticristo, pero no es así; él será un príncipe judío (Daniel 11:36-39); ningún otro podría defraudar a los judíos. Este es un personaje distinto, la cabeza del imperio romano, que pronto será revivido. Los dos serán jefes aliados juntamente en la impiedad y se ven en Apocalipsis como la bestia y el falso profeta, el primero el romano (Apocalipsis 19:19-20), el último el anticristo en su carácter falso de profeta. Son unidos juntamente en oposición a Cristo y a Su pueblo y son tan unidos en su polilla que es a veces difícil distinguirlos.
Cristo siendo quitado después de la semana sesenta y nueve, la cadena de setenta semanas se quiebra, y toda la hora admirable de la llamada fuera de la Iglesia de Dios, la administración del gran misterio (Efesios 3:2-11; 5:32), viene antes de que la semana setenta sea cumplida, todas las fechas de la Escritura refiriéndose a la tierra o al pueblo terrenal de Israel, los actuales mil novecientos años no siendo considerados en la profecía, pero insertados, por decirlo así, como un paréntesis celestial entre los tratos de Dios en el pasado y en el futuro con Su pueblo terrenal. Siendo completada la Iglesia, los santos entonces serán arrebatados, y los judíos, ahora esparcidos, vendrán a la prominencia otra vez. Este príncipe romano, como el último versículo de este capítulo nueve de Daniel nos enseña, confirmará un pacto con muchos (judíos) por una semana (el eslabón perdido completando la cadena de setenta). Cristo aparecerá al final para traer la bendición del reino y la justicia eterna.
El objeto de este pacto será doble. Los judíos en este período se habrán ido en grandes números a su propia tierra por la ayuda de cierto poder marítimo (Isaías 18), y buscarán protección de la mano de la gran cabeza en el Oeste, el príncipe romano, para poder llevar a cabo su adoración en el templo, y también en contra de un poder enemigo conocido en la profecía como el Asirio, o el rey del norte (Isaías 10; Daniel 8:23-25; 11:40-45).
Pero en medio de los siete años el príncipe (romano) quebrará su pacto con ellos, y, ayudado por el anticristo, causará que el sacrificio y la ofrenda cesen, y establecerá un ídolo en el templo. Esta es la hora de que se habla en Mateo 24:15-22, de la cual el Señor amonestó a los discípulos: “Por lo tanto, cuando viereis la abominación del asolamiento, que fué dicha por Daniel profeta, que estará en el lugar santo, (el que lee, entienda), entonces los que están en Judea, huyan a los montes... Porque habrá entonces grande aflicción, cual no fué desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos (el remanente judío) aquellos días serán acortados”. El establecimiento de la abominación o ídolo en el templo es la señal de huida de parte del residuo temeroso de Dios de Judá en ese día. Por causa de este acto Dios usará al Asirio como el desolador, como la vara de Su ira, para castigar a los judíos apóstatas, hasta que el juicio determinado por Él haya sido derramado. (Véase también Daniel 9:27; 12:11).
Daniel 11:21-31 Se refiere a Antíoco Epífanes, y ya se ha cumplido. Es un anuncio del futuro.
Tenemos más alusión a este pacto en Isaías 28:14-21: “Por tanto, varones burladores, que estáis enseñoreados sobre este pueblo que está en Jerusalem, oíd la palabra de Jehová. Porque habéis dicho: Concierto tenemos hecho con la muerte, e hicimos acuerdo con la sepultura; cuando pasare el turbión del azote, no llegará a nosotros, pues que hemos puesto nuestra acogida en la mentira, y en la falsedad nos esconderemos... Y será anulado vuestro concierto con la muerte, y vuestro acuerdo con el sepulcro no será firme: cuando pasare el turbión del azote, seréis de él hollados”.
Es llamado un concierto con la muerte, y un acuerdo con la sepultura, porque el imperio Romano, la cabeza del cual es hecho el concierto, está en su última fase revivido, poseído de energía por el poder satánico, el dragón dándole su poder, y su trono y gran autoridad (Apocalipsis 13:2). Pero el compacto no santo es quebrantado; el templo de Dios en Jerusalem, reconstruido en incredulidad, es contaminado por la idolatría; y la ejecución de la ira de Dios viene sobre los judíos hasta el fin. El tiempo de angustia para Jacob está allí (el remanente será salvo de ella, Jeremías 30:7): gran tribulación. El turbión del azote, otro termino para el Asirio, pasa por la tierra, y los judíos son hollados por él. Jerusalem pasará por un sitio terrible, y será tomada. “Y saqueadas serán las casas, y forzadas las mujeres: y la mitad de la ciudad irá en cautiverio, mas el resto del pueblo no será talado de la ciudad. Después saldrá Jehová, y peleará con aquellas gentes, como peleó el día de la batalla. Y afirmaránse Sus pies en aquel día sobre el monte de las Olivas” (Zacarías 14:2).
Hasta aquí en cuanto a los característicos principales conectados con la admirable profecía de Daniel de las setenta semanas.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
Romanos 4:24-25
C. Stanley
(continuado del número anterior)
¿Qué no fue Jesús, el Santo, entregado por esas mismas iniquidades? ¿Ud. cree que Dios le levantó de entre los muertos, Él “que fué entregado por nuestros delitos”? Este es un asunto muy diferente de milagros, aunque son importantes en su propio lugar. Fíjese, esta es una real substitución: Cristo el Substituto entregado de Su pueblo, del creyente. No debemos confundir esto con la propiciación, que no sólo fue para nosotros, sino para todo el mundo. (Véase 1 de Juan 2:2). Dios es glorificado sobre el pecado, para que el libre perdón sea predicado a toda criatura, a todos los hombres.
Vamos a tomar un retrato o tipo de esto; en verdad esta escritura se refiere a esto. Después de que la sangre de un macho cabrío había sido rociada sobre el propiciatorio dorado delante de Dios, demostrando la justicia de Dios que se encuentra en la sangre de Jesús, delante de los ojos de Dios, entonces “hará llegar el macho cabrío vivo: y pondrá Aarón ambas manos suyas sobre la cabeza del macho cabrío, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada” (Levítico 16:21). Ahora compare esto con otra escritura: “Mas Él herido fué por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre Él; y por Su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros... habiendo Él llevado el pecado de muchos” (Isaías 53:5-12). La Escritura no nos enseña que Él llevó el pecado de todos; sino, como el Substituto, los pecados de muchos; y esto en contraste con la condenación de los que no le reciben, y por lo tanto tienen que ser juzgados. Sí, note el contraste. “Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una vez y después el juicio; así también Cristo fué ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos; y la segunda vez, sin pecado será visto de los que le esperan para salud” (Hebreos 9:27-28).
Ahora la fe no es que yo crea que siento, o que yo creo. ¿Ud. cree este hecho maravilloso, que Dios le ha levantado a Él de entre los muertos, el cual ha sido así como su Substituto, entregado por sus ofensas? Esta es la primera pregunta en cuanto a todas sus iniquidades. ¿Fueron ellas puestas sobre Cristo, cargadas en Él? No los pecados de un año, como Israel en el día de la expiación, pero todos sus pecados e iniquidades antes que naciera. ¿Tomó Él toda la responsabilidad de ellos, de acuerdo con los reclamos justos de Dios? ¿Vino, y fue entregado por este mismo propósito? ¿Fue por llevar la ira de Dios sobre tus pecados lo que le hizo exclamar, “Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has desamparado?” ¡Oh, amor mucho más grande de todo lo que nos podemos imaginar! ¿Fracasó Él? No; oiga Sus palabras: “Consumado es”. Sí, ese trabajo que Él vino a hacer está cumplido. Dios es glorificado. Nuestras iniquidades han sido puestas sobre Él, trasladadas a Él, llevadas por Él; no sólo algunos de nuestros pecados sino todas nuestras iniquidades, fueron puestas sobre Él. El Señor Jehová las cargó en Él. ¡Ya está consumado! Oh alma mía, piensa en esto bien: “¡Consumado es!” Él ha hecho la paz de Ud. con Dios por medio de Su misma sangre. ¿Y ahora que le dice Él a Ud.? “Paz a vosotros”. Usted dice, “pero ¡oh, mis terribles pecados!” Él responde, “Ellos fueron puestos en Mí. Paz a ti”. Muestra el costado y las manos. “Pero yo te ha negado, Señor, cuando debería haberte confesado”. “Paz a ti”.
Ahora, Dios, habiendo juzgado nuestros pecados, todas nuestras iniquidades, en Su Hijo, ¿puede Él en justicia juzgarlas en nosotros? Ud. dice. “Yo no dudo que Jesús murió en la cruz como mi Substituto, y llevó mis pecados en Su mismo cuerpo en el madero; pero todavía no tengo la bendita certidumbre que soy justificado, y que tengo paz con Dios; no experimento la felicidad que debo sentir”. ¿Dice este versículo o algún otro que somos justificados o que tenemos paz por experiencia? ¿Dice que hemos de ver a nuestros sentimientos para evidencia de que somos justificados? Dios ha hecho una cosa cierta, dar a la fe la certidumbre de nuestra justificación, y eso única cosa, que Él ha hecho para este mismo propósito, ha sido grandemente pasada por alto. Jesús no solamente fue entregado por nuestras ofensas, sino leemos “y fué resucitado para nuestra justificación”. Sí, Dios le levantó de entre los muertos, no porque éramos justificados, sino con el expreso propósito de que, creyendo en Él, pudiésemos ser justificados. Así, si Cristo no resucitó, estamos engañados y aún en nuestros pecados (1 Corintios 15:17). Pero Él ha resucitado; la cuestión entera se ha resuelto a la fe.
Pero dice Ud., “¿No debo aceptar la expiación de mi Substituto?” No, en este caso es Dios quien nos ha enseñado que Él ha aceptado el único sacrificio por nuestros pecados, levantando a Jesús de los muertos, y dándole a Él un lugar más arriba de los cielos. Y ahora, en cuanto a tus pecados, compañero creyente, ¿dónde están? Han sido trasladados a tu Substituto. Bueno, no podían estar en ti y en Él. No. ¿Dónde están entonces? ¿Están en Cristo? No. Pero deben estar en Él, si acaso en alguien, como Él ha tomado la responsabilidad entera de ellos ante su Dios. No están en Él. Entonces no pueden estar en ti. ¡Oh gracia admirable! Dios dice que no los recordará ya más. Si los recordase, debería recordarlos como en contra de Cristo y esto es imposible. Cristo está en la presencia sin nubes de Dios en luz. Entonces así estás tú justificado de todas las cosas —no esperando estarlo—. ¿Podría alguna cosa ser más cierta que esto de confiar en las mismas palabras de Dios? ¿No dio Dios a Su amado Hijo para este mismo propósito, para que podamos tener una paz sin nieblas con Él? ¿Por qué debemos dudarle a Él?
(para continuarse, Dios mediante)
El cuerpo de Cristo
E. Dennett
Mi Querido————:
Hay otra pregunta la cual ahora demanda su atención, conectada con el cuerpo de Cristo. En el día de Pentecostés algo enteramente nuevo —en el desarrollo de los designios de Dios— tuvo lugar; a saber, la venida del Espíritu Santo. Hasta ese tiempo Él había obrado en la tierra; porque en cada dispensación pasada había habido almas vivificados, y “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21); pero hasta que el Señor Jesús fue glorificado a la diestra de Dios, el Espíritu Santo como una Persona no había estado en la tierra. Esta no es una nueva teoría sino es una distinta declaración en las Escrituras. Así como Jesús se levantó y dijo, en el postrer día grande de la fiesta de los tabernáculos, “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre”, se explica que esto dijo “del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él: pues aun no había venido el Espíritu Santo; porque Jesús no estaba aún glorificado” (Juan 7:37-39). El Señor mismo habló al mismo efecto: “Es necesario que Yo vaya: porque si Yo no fuese, el Consolador no vendría á vosotros”, etc. (Juan 16:7; compárese Juan 14:16,17,26; 15:26, etc.). Pasando ahora a Hechos 2, encontramos aquí un registro histórico del descenso del Espíritu de Dios: “Y como se cumplieron los días de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos; y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1-4). Así fueron cumplidas las palabras que el Señor habló a Sus discípulos después de Su resurrección, “Vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de éstos”. Y otra vez, “Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros” (Hechos 1:5,8).
Así fue por el descenso del Espíritu Santo que la iglesia —la iglesia de Dios como se encuentra en el Nuevo Testamento— fue formada; y fue formada en dos aspectos; a saber, como la casa de Dios, y como el cuerpo de Cristo (véase 1 Timoteo 3:15, y Efesios 1:22-23). Es el último de estos dos aspectos el cual quiero traer delante de Ud. en esta carta. Dos escrituras van a aclarar nuestro camino. En Colosenses 1:18 leemos, “Y Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia”, en 1 Corintios 12:13, “Porque por un Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora Judíos o Griegos, ora siervos o libres”, etc. Así parece que en el día de Pentecostés, por el descenso del Espíritu Santo, los creyentes fueron bautizados en un mismo cuerpo, y así el cuerpo de Cristo fue formado.
Ahora, entonces, voy a indagar de qué o de quién es compuesto el cuerpo de Cristo. “Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, empero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo; así también Cristo” (1 Corintios 12:12). El término Cristo, como se usa aquí, incluye a Cristo mismo y todos los miembros del cuerpo, considerado como un solo conjunto. Así es que el cuerpo de Cristo se incluye a Sí mismo como la cabeza, y a todos los creyentes en la tierra que han recibido el Espíritu morador; y consecuentemente todo hijo de Dios que puede decir, “Abba, Padre”, es un miembro del cuerpo de Cristo. El apóstol dice de tal manera, “Somos miembros de Su cuerpo, de Su carne, y de Sus huesos” (Efesios 5:30).
Este es el punto al cual quiero llamar su atención; porque una gran cantidad de los queridos hijos de Dios están en ignorancia de este lugar privilegiado y maravilloso. Así en una visita que hice hace algún tiempo a un creyente moribundo, yo dije: “¿Sabe Ud. que es un miembro del cuerpo de Cristo?” La respuesta fue, “No, yo nunca he oído de esto”; y nunca olvidaré el gozo que vi en el rostro del moribundo al desarrollar las Escrituras tocantes a este tema.
Entonces déjeme preguntarle que considere lo que incluye ser miembro del cuerpo de Cristo. Primero y principalmente, nos enseña que estamos unidos a Cristo —a Cristo como un Hombre glorificado, a la diestra de Dios—. Por cuanto como Él es la cabeza del cuerpo, todo miembro es vitalmente (¿que no pudiéramos decir?) orgánicamente, unido a Él. “El que se junta con el Señor, un espíritu es” (1 Corintios 6:17). ¡Vea, entonces, la gran magnitud de la gracia de Dios! No es únicamente que nuestros pecados son perdonados, que somos justificados por fe, que somos resucitados con Cristo, que estamos sentados con Él en los cielos; sino aún como aquí en la tierra, rodeados de debilidad y de flaqueza, nos ha sido dado a saber que estamos unidos con Cristo en gloria. Nosotros podemos ver arriba donde Él está, y decir, “Somos miembros de Su cuerpo, de Su carne, y de Sus huesos”. ¿Cómo podría haber discusiones sobre la pregunta, de que podemos saber de nuestra seguridad ahora, sí esta verdad fuera conocida con fuerza? Y que fuerza nos diera a todos en medio de las tribulaciones y peligros, si tuviéramos este pensamiento delante de nuestras almas, “Somos unidos a Cristo”. Y ¡oh, qué revelación de que somos traídos a Él tan íntimamente y tan cerca! porque se nos ha hecho saber que somos uno con Él, que lo que nos toca a nosotros le toca a Él (vea Hechos 9:4); y, por lo tanto, estamos conectados de una manera inseparable e indisoluble con Él para siempre.
En segundo lugar, se nos enseña que al ser miembros del cuerpo de Cristo, somos también unos de los otros; y es esencial que nosotros comprendamos esta verdad, si hemos de entender el carácter de nuestras relaciones con todos los hijos de Dios. El mismo lazo que nos une con Cristo, nos une también con todos los creyentes; porque el mismo Espíritu que nos une con Cristo también nos ha unido los unos con los otros. Esto es lo que significa “la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3); es decir, en la tierra por el Espíritu de Dios.
Si Ud. ve conmigo 1 Corintios 12, va a ver el carácter admirable de nuestras relaciones mutuas, surgiendo de que somos miembros unos de los otros. Ud. puede leer el pasaje de 1 Corintios 12:12-27 despacio; entre tanto voy a señalar varios puntos claros en sus enseñanzas. Primero, se insiste cuidadosamente “que el cuerpo no es un miembro, sino muchos”; y que cada miembro tiene su propio lugar en el cuerpo. Así el apóstol pregunta, “Si dijere el pie: porque no soy mano, no soy del cuerpo: ¿por eso no será del cuerpo?”. Y él tiene cuidado de enseñarnos que el lugar peculiar que cada uno tiene en su cuerpo es el resultado del acto soberano de Dios; y él tiene cuidado de guardarnos de olvidar, que aun cuando hay muchos miembros, no obstante es un solo cuerpo (versículos 14-20). Si no tuviéramos más instrucción, que tema tan fértil sería para amplificarse. Pero nada más voy a llamar su atención a dos puntos; a saber, nuestra obligación o responsabilidad de mantener la diversidad de los miembros (versículo 14), y en segundo, la unidad del conjunto (versículo 29): y me atrevo a decir que es imposible mantener el uno o el otro, a menos que estén reunidos, aparte de toda denominación y sistema humano, al nombre de Cristo fuera del campamento. Lo segundo es que todos los miembros del cuerpo necesitan a todos los otros miembros; porque “ni el ojo puede decir a la mano, No te he menester: ni asimismo la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros”; y así nos dice que Dios “ordenó el cuerpo”, etc., “Para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se interesen los unos por los otros” (versículo 21-25). Él entonces nos recuerda que la relación entre los miembros es tan íntima “que si un miembro padece, todos los miembros a una se duelen, y si un miembro es honrado, todos los miembros a una se gozan” (versículo 26).
Ud. va a ver en esta escritura, que el término “cuerpo de Cristo” no es sólo una mera manera de expresarse, como algunos creen; sino que expresa una realidad —la realidad verdadera de nuestra unión con Cristo, y también de la unión de los unos con los otros—. Y yo estoy seguro de que Ud. va a saber que nuestra responsabilidad para con Cristo como la Cabeza del cuerpo, y nuestras responsabilidades para con nuestros hermanos en la fe, ni siquiera pueden ser comprendidas, mucho menos desempeñadas, si esta verdad es descuidada o ignorada. Pero, por otra parte, cuando es conocida, no solamente tenemos una unión consciente con Cristo; pero nos podernos regocijar en nuestra unión, nuestra indisoluble unión, con todos los miembros de Su cuerpo en todas las partes del mundo. Además nos conduce a resultados muy prácticos. Por ejemplo, si yo voy a conectarme con las denominaciones a mi derredor, instantáneamente contesto que no puedo hacer aquello que niega, que niega claramente, esta bendita verdad. “Ud. me diría que me uniera a cierto número de cristianos para estar de acuerdo en ciertas cosas; pero estoy unido con todos los creyentes, y los necesito a todos, y por lo tanto no puedo aceptar una unión que excluya a ninguno”. Otra vez, si se me dijera que me uniera con un número de cristianos con independencia de denominación, yo contestaría, “Yo soy miembro del cuerpo de Cristo; y de tal manera no puedo hacer ninguna base de unión aparte de ese cuerpo. Debo de estar en el fundamento de Dios o en ninguno”. Hasta que sepa la realidad del cuerpo de Cristo, no puedo saber cuál es el lugar que Dios me tiene a mí en esta tierra.
Pero ahora voy a dejar el tema para su consideración; porque estoy seguro de que si escudriña las Escrituras con la ayuda de Dios, Él lo va a guiar con Su Espíritu a lo que Él piensa respecto a esto. En mi próxima carta, Dios mediante, voy a traer ante Ud. otro tema, muy parecido a éste; es decir, él de la mesa del Señor.
Créamelo, querido———-,
Con amor en Cristo, E. Dennett.
Oración intercesora (Parte 1)
Mi muy amado hermano:
Estoy muy contento de saber por su cariñosa carta que, aunque no está muy bien, está mejor de lo que había estado; y ya está hasta ahora en condición de trabajar ...
Hay una división especial del servicio cristiano sacerdotal que ha estado ... mucho en mi mente: es la intercesión. Las memorias de las épocas más dulces de mi vida, y también de las más humillantes y dolorosas depresiones, están conectado con eso. Nunca, en mi vida, he probado la copa pura y sin engaño de bendición más llena que cuando, con la ayuda del Espíritu Santo, me he acercado a Dios, en una lucha amorosa de confianza del alma por algún ser querido. El gozo entra al corazón por las puertas de la fe y amor; y en esas ocasiones benditas la fe está viva, y el amor: ¡amor para Dios y para el hombre llega a su máximo!
Él ahora está incesantemente intercediendo. Cuan admirable es el amor que le conduce a Él a hacer esto con todos Sus miembros y considerar a los fieles de entre ellos capacitados para ello. Este no es meramente un nombramiento honorario; significa trabajo duro, y su meta es conseguir resultados preciosos. Nuestros intercesiones son designadas a ser muy extensas; tan extensas como las de Cristo. Somos ungidos para orar, con la sinceridad más cabal de amor ferviente, por todos los santos (Efesios 6:18); y, además de esto, hemos de luchar en toda clase de oración por todo ser humano sobre la tierra (1 Timoteo 2:1-2). Nótese que se habla de este ministerio como al cual “primero que todo” (esto es, mayor y principalmente) cada Cristiano debe entregarse. ¡Ay! ¿quién piensa siquiera en ello como ocupando un lugar principal? y ¿quiénes son aquellos que lo están cumpliendo fielmente?
Mi convicción profunda es que ningún ministerio puede llegar a ser tan importante como éste; y que TODOS los demás ministerios son inferiores a éste. Véase en Hechos 6:4 como los apóstoles pusieron su predicación de la Palabra en subordinación a la oración. Y es, además, el más fructífero de todos los ministerios; en efecto, ningún otro ministerio es de mucho valor aparte del acompañamiento indispensable de la intercesión.
Yo creo que ningún alma es traída a Cristo sin que alguno u otro ore por ella; aun cuando este hecho nunca pueda saberse. No, el mundo es alimentado año tras año por medio de cosechas, concedidas en respuesta a los humildes santos que oran.
(para continuarse, mediante la voluntad de Dios)
[Adaptado 2025]
Cantares 1:3
“Por el olor de Tus suaves ungüentos, (ungüento derramado es Tu nombre,) por eso las doncellas te amaron”.
Ahora ella nos da alguna idea de Su nombre. Tu nombre es ungüento derramado. Para su corazón es muy fragante. Todos Sus nombres, títulos, atributos y relaciones son muy dulces para su gusto. Su nombre es El Mismo. Es expresivo de Su naturaleza, excelencias y gracias. Ella casi no puede pronunciar las riquezas de Su bondad, por lo tanto dice: “Ungüento derramado es Tu nombre”. El olor de Su ungüento no se limita a ella nada más; aquellas personas que se asocian con ella comparten de su profesión. Las vírgenes que la asisten son atraídas y refrescadas por las dulces aromas de Su nombre. ¡Pensamiento feliz! No es un ungüento cerrado, sino “derramado”. ¡Oh qué comunión hay en el amor de Jesús! Aquí detente un poco, oh alma mía, y medita en la plenitud del nombre de Jesús: “Porque en Él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente”. ¡Qué centro y qué fuente es! Al derredor de Él la Iglesia de Dios está ahora congregada como su único centro por el poder vivificante y morador del Espíritu Santo. “Porque donde dos o tres están congregados en Mi Nombre, allí estoy en medio de ellos”. Pero no tardará en que los cielos y la tierra sean unidos por Su poder y gloria. La Jerusalem terrenal y las ciudades de Judá, con todas las naciones que las rodean; la Jerusalem celestial y la compañía innumerable de ángeles, una asamblea general; y la iglesia de los primogénitos que están escritos en el cielo, serán todos atraídos y unidos hacia ese querido nombre unificador y por él. El Padre había intencionado esta gloria admirable de su Hijo, y ciertamente sucederá, “de reunir” (bajo una cabeza) “todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (el milenio), “así las que están en los cielos, como las que están en la tierra, en Él” (Efesios 1:10-11). Entonces la fragancia de Su nombre será batida por cada brisa, y toda nación y lengua serán unidas en esa nota de alabanza: “Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es Tu nombre en toda la tierra” (Salmo 8).
Y cuando los mil años de bendición milenaria y de gloria hayan cumplido su curso, los cielos y la tierra desaparecieren, y el juicio final haya pasado, ese nombre no habrá perdido nada de su fragancia, poder y gloria. Entonces unirá en el amor más dulce, en los vínculos más sagrados, los muchos círculos, las innumerables miríadas de los nuevos cielos y nueva tierra. El gozo de todo corazón, la melodía de toda lengua, encontrarán su fuente, poder, motivo y objeto en Él. Cada monte de mirra, y cada loma de incienso, deberán su dulzura a Su presencia. Y aún Su nombre será como ungüento derramado, sí “derramado”, y “derramado” para siempre: todas sus ropas oliendo a mirra, aloes y casia, en los palacios de marfil. Y mientras siglo tras siglo pasa, las ricas y variadas gracias de Su amor serán todavía derramadas con infinita profusión, causando que todas las manos y corazones y labios destilen la mirra de dulce aroma, y llenando cada escena por todos los vastos reinos de los benditos con la fragancia eterna de Su nombre.
Notas misceláneas: Número 11
Extracto: Todo aquel que no conoce a Cristo, tiene un corazón decepcionado o un corazón buscando aquello que lo decepcionará.
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¡JESÚS VENDRÁ!
¡Jesús vendrá!
Sí, nuestro Salvador,
Jesús, Señor de nuestro corazón
Ha de volver, y en santa reunión
Nos llevará.
¡Jesús vendrá!
Pues por Su santo amor
Por compañera quiere ver allí
La Iglesia, que Él ha redimido aquí
En dura cruz.
¡Jesús vendrá!
¡Qué dicha entonces ver
A Aquel que por nosotros padeció,
Y por Su muerte nos reconcilió
Con nuestro Dios!
¡Jesús vendrá!
Sí, pronto volverá,
Y Él sólo puede así satisfacer
Los corazones que desean ver
Al Salvador.
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“No hay nada de que asirse”
Él pertenecía al club de incrédulos; mientras tenía salud y fuerza había dicho: “No hay Dios”, pero ahora su salud está quebrantada; su fuerza acabándose, está para cruzar la orilla.
Dos miembros del club velan a su cabecera para poder llevar un informe de la manera en que él murió.
El fin se acerca; su jactancia se ha desvanecido. Sobre su alma cae la sombra de una eternidad perdida y un temor repentino se apodera de él.
“¡Oh, Dios! ¡estoy perdido! ¡Estoy perdido!” exclama. Sus dos amigos procuran apaciguar sus temores, diciendo: “Sostente, Juan. No te acobardes”. Pero el pobre Juan respondió: “No hay nada de que sostenerme. ¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!” Así murió.
Lector, por el amor a tu alma, ¡te ruego que escuches! Tu hora de muerte, también, podrá estar muy cerca; ¿serás como el pobre Juan y no hallarás nada en que tu alma puede descansar cuando cruces las frías aguas de la muerte?
“¡Yo no soy incrédulo!” ¡Tal vez no! ¿Pero estás salvo? ¿Sabes que tus pecados han sido lavados en la preciosa sangre de Jesús? Si no es así, ¡estás perdido! El pobre Juan comprendió esto cuando era demasiado tarde.
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“El Hijo de Dios, el cual me amó” (Gálatas 2:20)
¿Pudiera alguna contemplación impresionar al alma con más grande maravilla que estas palabras, EL CUAL ME AMÓ? ¡La gloriosa majestad del amante y la pequeña insignificancia del ser amado! La maravillosa gracia que puede unir en amoroso abrazo al Señor de Gloria ¡y aun a mí! El amor que llevó mi carga de culpa para librarme de su penalidad, llena mi alma de alabanza, llena de gratitud. El tierno afecto con que quiere tenerme a mí como Su querido compañero, llena mi alma con adoración.
Que el costo de mi redención fue pagado en preciosa sangre, en valor sobrepujante a todas las riquezas del universo; y que mi culpa hizo necesarios todos los infinitos sufrimientos del Salvador, postran mi alma en humilde contrición. Pero aun de la cruz las brillantes palabras aparecen, “EL CUAL ME AMÓ”, poniendo “EL CUAL” en exaltación y el “me” en humillación... causando a mi alma en alborozo contemplar el orden de las palabras, “EL CUAL ME AMÓ”, poniendo a CRISTO primero, a mí al último, y nada entre esto sino AMOR.
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Extracto: “Nosotros solamente creemos lo que deliberadamente practicamos. La verdad pronto pierde su poder a menos que se retenga y se obre prestamente. La verdad, si no se somete uno a ella, tiene un efecto de endurecer. Satanás no tiene poder cuando una alma anda en obediencia”.
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Extracto: “Cuánto regocijo habrá cuando Cristo nos tenga con Él mismo, todas las aflicciones y peligros pasados —¡en nuestro hogar al fin!”
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PALABRAS de EDIFICACIÓN, EXHORTACIÓN y CONSOLACIÓN no llevaron ningún precio de suscripción y se mandaron por correo, porte pagado, a todos los creyentes en nuestro Señor Jesucristo que las pidieron, según el Señor proveía. Su único objetivo se expresa en este versículo de la Sagrada Escritura: “Mas vosotros, oh amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe” (Judas 20). Editor Responsable: Allan Farson; Oficinas de Impresión: Domingo Diez 77, Cuernavaca, Mor., México.