La mesa del Señor

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1. La mesa del Señor

La mesa del Señor

“Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga” (1 Corintios 11:26).
Todo creyente quiere de corazón, o debe querer, recordar al Señor en Su muerte, participando de la cena del Señor cada primer día de la semana (1 Corintios 11:26, Hechos 20:7). ¡Qué privilegio es esto hasta que venga! Seguramente nuestros corazones responden a Su deseo amoroso expresado en la noche de Su traición, “Haced esto en memoria de Mí” (Lucas 22:19).
Sin embargo el Señor quiere que participemos de Su cena en el lugar y de la manera que escoge, no como escogemos. Es pecado cuando hagamos nuestra propia voluntad (Santiago 4:17). Como ha hecho siempre para Su pueblo, ordena en sabiduría y amor para nosotros. Escogió un centro para Su pueblo terrenal (Israel), y reconoció solamente aquel centro. No había ningún otro (Deuteronomio 12:13-14). Vemos también cuando el Señor estableció Su cena en la noche de Su traición, que escogió el lugar para Sus discípulos (Lucas 22:8-20). Luego, después de Su resurrección escogió el lugar en el cual les encontraría antes de ascender (Mateo 28:16). Después de esto escogió a Jerusalén como el lugar donde Sus discípulos habían de esperar la venida del Espíritu Santo (Lucas 24:49). Y también hoy en día tenemos la palabra de Dios enseñándonos el lugar y la manera en que debemos participar de la cena del Señor.
Cuando creyentes establezcan una mesa independiente, aunque digan que se reúnen en el Nombre del Señor Jesucristo, la mesa es establecida por hombre (Hechos 20:30). No se puede llamar ésta “La mesa del Señor”. A pesar del país o de la nacionalidad, todos creyentes son miembros del un cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12-13) y el Espíritu reúne a Cristo en una comunión, no a un grupo independiente o nacional. La mesa del Señor es lo que el Señor ha establecido según Su Palabra, donde Él está en medio (1 Corintios 10:21; Mateo 18:20), donde se reconoce Su autoridad (Mateo 18:17-18; 1 Corintios 5:4), y donde la unidad del cuerpo de Cristo es expresada por el un pan en la mesa (1 Corintios 10:17). En este lugar, y de esta manera, apartado de todo el rito que Dios dio a Israel (Hebreos 13:10), ahora adoramos, dando testimonio a Su obra cumplida. Debemos hacer esto cada día del Señor hasta que venga como el Esposo a buscar la Iglesia, Su esposa.
¡Qué privilegio es recordar al Señor en la manera que Él ha señalado! No nos manda a convidar a todos creyentes a Su mesa, porque Él mismo les convida. Todos están representados en el un pan, y debemos enseñarles esta verdad, recibiéndoles felizmente cuando sea para la gloria de Dios (Romanos 15:6-7). Cada creyente debe probarse a sí mismo (1 Corintios 11:28), pero TAMBIÉN la asamblea de Dios tiene que juzgar maldad entre ella (1 Corintios 5:12-13). Por esto hay que vigilar en cuanto a quien se recibe a la mesa del Señor. La asamblea de Dios es la columna y el apoyo de la verdad, y doctrina sana en cuanto a la persona y la obra de Cristo es de suma importancia (1 Timoteo 3:15). Aunque un cristiano individual sea sano en la doctrina, y devoto en su conducta personal, si queda en un grupo donde sabe que se permite maldad moral o doctrinal, tiene comunión con maldad y es contaminado por ella. Aprendemos esto en 1 Corintios 5, porque en la asamblea de Corinto había un hombre viviendo en pecado moral. El apóstol Pablo les dijo que pecado es como levadura, y penetra toda la asamblea. Si no quitaran a aquel hombre pecaminoso de la asamblea todos serían contaminados —serían como una masa leudada—. Se da la misma amonestación en Gálatas 5:9, aunque en aquella asamblea no fue pecado moral sino mala doctrina. Si no fuera juzgada y quitada, leudaría toda la asamblea allá también.
Es bueno recordar que el hecho de participar de la cena del Señor es la expresión de comunión con la compañía donde se participa de ella (1 Corintios 10:18-22) y por lo cual la palabra de Dios manda a cada creyente “apártese de iniquidad” (2 Timoteo 2:18-22). Si se queda en una posición no conforme a las Escrituras es como si diga que hay más de una mesa del Señor; una establecida y reconocida por el Señor en separación de la maldad, y otras establecidas por hombres. Es la gloria del Señor que buscamos cuando estamos “solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3-4). ¡Que busque cada creyente la voluntad del Señor en este asunto como es revelada en Su Palabra! “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Toda división entre los miembros del cuerpo de Cristo, y los sistemas hechos por hombres y los nombres escogidos humanamente, son los resultados o de la permisión de maldad, o de la negación de la suficiencia del Nombre del Señor Jesucristo y de Su autoridad en medio de Sus santos reunidos.
¡Cuán precioso que somos unidos a Cristo en gloria; no somos de este mundo (Juan 17:14)! La Iglesia es la esposa de Cristo, y desposada como una virgen pura a Él (2 Corintios 11:2). Cualquier cosa que marque al Cristiano como del mundo es una negación práctica de su llamamiento celestial. Qué cada uno hable “una misma cosa” (1 Corintios 1:10) en la unidad del Espíritu, y trate de andar como los que son guiados por el Espíritu (Gálatas 5:16), con amor el uno al otro. Si todos fuésemos ejercitados de esta manera, entonces el mundo, que rechazó a nuestro Salvador precioso, vería en Sus santos reunidos en Su Nombre precioso, que nuestro gozo es en el Señor. ¡Qué sea más así porque Su venida se acerca!
Si y hasta que Tú vengas ¡llamarnos, sí, lo harás
A donde el día brilla y eterno es el solaz!
Tu muerte anunciamos, deseando aquí estar
Más a ella conformados, Tu amor al recordar.